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La aventura de "Quilla"

(2008-12-23) Yo sé que tal vez puedas no creer esta historia. También sé que en este mundo hay gente buena y gente mala. Y en este poquito tiempo que llevo de vida, también aprendí a querer y a ser querida.

Yo me llamo Quilla. Si, es un nombre raro, pero así me bautizó el que hoy es mi mejor amigo, mi compinche y compañero, casi diría mi hermano del alma. Se llama Mauro y tiene veintiún años más que yo.

Esta historia comienza en Cochabamba donde nací hace seis meses, porque es bueno que sepas que soy una perrita boliviana cruza de fox terrier por parte de madre y perro callejero por parte de padre. Digamos que soy un poco de cada cosa. Amo la vida en familia pero también me gusta la aventura.

Lo cierto del caso es que a los poquitos días de nacida, cuando dicen que apenas tenía el tamaño de una bolita de pelos, me adoptó este amigote que te contaba, y me puso este nombre que en quechua quiere decir Luna. Él andaba, como buen aventurero, recorriendo caminos con su mochila al hombro. El hombrecito me cayó bien de entrada porque era puro afecto, barba de diez días, pelo largo y sonrisa siempre al toque. Creo que fue un amor a primera vista. Nos quisimos desde el primer minuto y como yo era muy pequeña, el tipito me cargó en su bolso y así empezamos a recorrer buena parte de mi país. Al principio vi este mundo, siempre desde el bolsillo de una mochila. Hasta que pude caminar un poco más sin cansarme tanto. Montes, montañas, caminos y selvas, siempre juntos, siempre cuidándonos uno al otro. Nos hicimos inseparables y aprendí a dormir a su lado, me enseñó a ser obediente y a no cruzar la calle sola, me dio el cariño que yo necesitaba y yo le devolví más de lo mismo. Jugamos, corrimos y nos hicimos todos los mimos del mundo. Aprendí también a caminar a su lado, a acompañarlo a disfrutar de la naturaleza y a esperarlo sentada pegadita a él, cuando acomodaba sus artesanías y las vendía en las plazas de los pueblos. Comí de su comida, bebí su misma agua, salté cuando él saltaba y me acurruqué entre sus brazos cuando me asusté con la tormenta de una noche. Y si él estaba triste yo trataba de jugarle. Y si la triste era yo, él me sacaba la modorra.

Me ató un pañuelo rojo al cuello y ahí anduvimos por esos senderos, a puro cariño, a puro amor.

Hasta que pasó algo feo. Algo que nos hizo llorar mucho.

Un día muy caluroso, ya en tierras argentinas, llegamos a Tucumán. Hacía realmente mucho calor y pese a estar al borde de la ruta muchas horas haciendo dedo, nadie nos llevaba. Estuvimos una semana así. Espera que te espera. Mauro me miraba y se reía, pero yo me daba cuenta que estaba preocupado. El problema era yo y me dí cuenta que en cualquier momento, él me podía regalar a algún desconocido o peor aún abandonarme para poder seguir su viaje. Pero Mauro no es de esos. Mauro es mi amigo y los amigos siempre se la juegan.

Nos fuimos juntos a la plaza a vender artesanías. Yo me hacía la graciosa y saltaba tratando de conquistar a los posibles clientes, movía mi cola desesperadamente y daba pequeños ladriditos porque sabía que lo que podía ganar Mauro ese día, sería para pagar un pasaje en tren. Y lo logramos. Pero empezaron los problemas.

Parece que a los trenes argentinos no se puede subir con animales, y yo no podía disfrazarme de ser humano, así que estábamos al horno.

Ya no me quedaban dudas. No quedaba otra que separarnos. Tendríamos que ir cada uno por su lado y nunca más vernos. Se me hizo imposible mover la cola, se me pusieron los ojitos tristes y se me escapó un gemido. Me eché en un rincón y sentí que me latía el pecho. Habíamos andado tanto y de tantas maneras!!... Tantos días, tantas noches, tantas aventuras!.

Y ni pensar viajar de polizontes. Yo ya tenía varios meses y mi tamaño no era el de un bebé y para colmo hay veces que no puedo controlarme. Soy tremendamente inquieta y eso es un problema no?

Así estuvimos, en silencio, pensando una salida.

Hasta que a Mauro se le ocurrió algo muy extraño. Me hizo upa y me habló al oído.

Me dijo que ni loco se separaba de mí, que ni loco me dejaba que ni loco nos íbamos a abandonar pero que la única salida era que yo durmiera todo el viaje. Al principio no entendí, hasta que fuímos a una veterinaria y el doctor me dio una pastillita que me dio mucho sueño. Después me enteré que Mauro me escondió en la mochila y subió al tren. Ahora puedo entender lo que uno llega a hacer por amor, jugarse entero, dar un salto al vacío apretar los dientes y desafiar un reglamento.

Cuando el tren salió de Tucumán yo estaba en el mejor de los sueños, pero seguramente protegida por mi amigo mochilero. Yo no me acuerdo de nada, pero no tengo dudas que Mauro estaba atento al menor de mis movimientos. Dicen que hicimos muchos kilómetros así. El vagón lleno de gente y yo muy campante, durmiendo la mona, sin molestar, sin siquiera dar un ladrido de alegría. Nada. Descansando como un angelito.

Pero no todo en la vida es color de rosas. Cuando pasamos por una ciudad de Santa Fe que se llama Rafaela, el sueño lo venció a mi amigo y el efecto de la pastilla me traicionó a mí. Apenas recuerdo que, todavía medio entredormida, alcancé a sacar la cabeza por entre las cuerdas de la mochila y espiar a mi alrededor. No fue una buena idea. Justo en ese momento alcancé a ver los zapatos del guardatren de la empresa Ferrocentral que se acercaba. El hombre tenía cara de pocos amigos. Se agachó furioso, me tomó del cuello y me arrancó del bolso. Y sin darme tiempo a nada, comenzó a caminar a grandes pasos por el pasillo rumbo a no sé donde. Me asusté tanto que solo pude dar un gemido de dolor, suficiente para que Mauro se despertara y saliera tras el hombre, a los gritos tratando de frenarlo. No pudo, no llegó. Ese guarda estaba muy enojado y fue muy rápido. Abrió la puerta del vagón y así sin más ni más me tiró del tren en movimiento.

Es muy difícil contarte lo que uno siente cuando sale disparado desde un tren. Muy difícil explicar lo que se siente cuando uno sabe que va a morir entre las vías.

Es muy difícil contarte lo que pasa por la cabeza de un perrito, porque nosotros entendemos el amor de otra manera.

No recuerdo muy bien lo que sucedió porque ya te conté todavía estaba entredormida. Solo sé que dí varios tumbos, rodé como pelota, me estrellé contra el suelo mientras escuchaba el ruido de las ruedas que sacudían las vías a pocos centímetros de mi cabeza y pude pensar por un instante que todo era el final hasta que de pronto el silencio me rodeó. Vi como se alejaba el tren, vi la desencajada cara de Mauro asomando por una de las ventanas, vi que el mundo se me venía encima. Vi que me había quedado sola. Intenté correr detrás pero no pude.

Me dolía el cuerpo. Me quedé temblando al costado de la vía y lloré mucho.

Pero lo que más me dolía era el alma. Porque quiero que sepas que los perros tenemos alma. Y que cuando amamos, amamos en serio. Y yo, a Mauro lo amaba. Me dolía el alma porque había perdido un amigo, no conocía el camino a su casa, no sabía de que manera podría llegar a él y me daba cuenta que ese tren nunca podría detenerse para dejar bajar a mi compañero de aventuras. Definitivamente estaba sola. Y era cachorra. Sin mucha experiencia y con tanto miedo que mis patitas apenas me sostenían.

Esa noche dormí a la intemperie. Extrañé los mimos y soñé con Mauro.

Anduve vagabundeando durante varios días. Comí lo que encontraba, tomé agua sucia y caminé tanto sin rumbo fijo que una mañana llegué a la misma ciudad de donde había salido el tren. En Rafaela llovía mucho y me empapé. Tenía tanto barro encima que sentí vergüenza. Una semana después de que aquel mal hombre me tirara del vagón, unos muchachos de un taller me dieron asilo. Al principio tuve temor. Ya no sabía en quien confiar, pero por suerte eran tan buenos que me cuidaron como lo hizo Mauro y como si eso fuera poco, me rebautizaron con otro nombre: me llamaban Viruta porque la primera noche dormí escondida entre restos de madera.

El nombre me parecía gracioso, pero no pude hacerles entender que yo me llamaba Quilla.

Pasaron varios días, hasta que una tarde apareció en la ciudad un cartelito con mi foto, pegado en un árbol. Y más allá otro. Y en un negocio, y en otro, y hasta en el diario ¡!. Los cartelitos decían que me andaban buscando y en el diario aparecí en la primera plana, y ahí estaba yo con mi pañuelito rojo, y me nombraban por la radio ¡. Yo no sabía cómo era posible que estuviera pasando eso, pero no tenía dudas que esto era obra de mi amigo!. Ay, ay, ay! pensé. Si hay un dios de perros, ese dios me estaba oyendo!! Esto era casi un milagro!.

Lo que yo no sabía era que Mauro, ni bien llegó a su ciudad muy pero muy lejos de donde me perdió, comentó lo sucedido, hizo la denuncia y comenzó a buscarme. Al principio por algo que no sé que es, que se llama internet o algo parecido. Después por una carta de lectores al diario, a las radios, a las instituciones proteccionistas. Junto con su hermana y sus papás movieron cielo y tierra. Y la gente buena de Rafaela salió a rastrearme. Las protectoras de animales estuvieron tras de mí, día y noche. Hasta que mi nuevo dueño reconoció una foto y dio aviso. Y a que no sabés qué?...Si!...Mauro y su familia recorrieron casi mil kilómetros y me fueron a buscar ¡!!.

El día que llegaron yo estaba en la casa de Diego, el buenazo que me encontró y me cobijó en su taller.

Cuando lo vi a Mauro casi no lo podía creer ¡!!Me hice pis de la emoción y volví a mover la cola como en los buenos tiempos!!. Me cansé de pasarle mi lenguota por la cara y casi me muero de la alegría cuando mi mochilerito se tiró al piso y no paraba de abrazarme!! Estaba tan feliz que ni ladrar podía, solo saltar y saltar!!. Me brillaban los ojos y me faltaba el aire, me temblaban las patitas y no encontraba la manera de gritarles "gracias a todos!". Pero no vayan a creer que era solo yo. También a Mauro le brillaban los ojos y no podía dejar de acariciarme!.Yo no sé como es la cosa. No sé si él tiene alma de perro o yo alma de humano, pero nos llevamos tan bien que parecemos hermanos. Fue algo inolvidable porque yo nunca hubiese podido llegar hasta él de ninguna manera. Y además, los dos somos jóvenes y todavía no entendemos muy bien algunas reacciones de la gente que no respeta la vida. Todavía creemos, todavía somos soñadores, como debe ser ¡

Hoy vivo con él en su departamento de estudiante. Y no sé como seguirá nuestra aventura porque yo soy aún cachorra, pero lo que ya aprendí en estos poquitos meses es que, como te decía al principio, hay gente mala en este mundo, pero por suerte, también gente muy buena y son los más.

Y después de esto, ya no tengo dudas: Nosotros los perros sabemos devolver con amor el cariño que nos dan ustedes los humanos. Por eso, quiero decirles a todos los que me cuidaron, a todos los que me dieron un plato de comida, a todos los que me lavaron, a todos los que me buscaron y me encontraron, a todos los que regalaron una caricia que jamás los voy a olvidar y que hasta el último día de mi vida los llevaré en mi corazón.

Y también quiero decirles que si algún día encontrás un corazón amigo como el que yo encontré en Mauro, nunca lo abandones, jugate por él. Creo yo, que lo único que puede salvar realmente a este mundo es el amor y el respeto por los sentimientos firmes, por esos que realmente valen la pena. Por esos sentimientos de fidelidad y cariño que la mayoría de los perros, humildemente tenemos.

Y ahora permítanme despedir.

Chau a todos!

Porque he perdido tantas horas con este episodio que tengo que recuperar el tiempo y jugar un poco con Mau, que me extraña y me está esperando.

Guau ¡ guau!

NOTA: Esta historia es real y basado en este hecho lamentable es imperioso que las leyes nacionales sean modificadas y permitan de alguna manera el traslado de mascotas en medios de transporte de larga y media distancia.
Asimismo es necesario que se respete la Ley 14346, conocida como "Ley Sarmiento" que establece una pena de 15 días a un año de prisión a quien, como el guarda Ramón Barrios de la empresa Ferrocentral, provoque malos tratos o actos de crueldad a cualquier animal..


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